Temor y temblor

Temor y temblor

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Vemos aquí una vez más que es posible comprender a Abraham, pero sólo como se comprende una paradoja. Por mi parte, puedo comprender a Abraham, pero me doy cuenta al mismo tiempo de que me falta el valor requerido para hablar y obrar así; pero no por eso diré que lo que hizo es insignificante, cuando, muy al contrario, me parece un acto tan prodigioso que no conoce nada parejo.

¿Y qué pensaron sus contemporáneos del héroe trágico? Lo consideraron grandioso, y por eso lo admiraron. Y esa respetable asamblea de nobles almas, ese jurado que cada generación instituye para juzgar a la precedente generación, ha emitido el mismo fallo. Pero no hubo nadie capaz de comprender a Abraham. Con todo, ¡ahí es nada lo que consiguió!: haber permanecido fiel a su amor. Aquel que ama a Dios no necesita de las lágrimas ni de la admiración; por amor olvida sus sufrimientos, sí, y los olvida tan absolutamente que no quedaría tras él ninguna huella de su dolor, si no fuese el mismo Dios quien viene a recordárselo; pues ve lo que está oculto, conoce la aflicción, cuenta las lágrimas y no olvida nada.

De modo que, o bien hay una paradoja de tal especie que hace que el Particular como Particular se encuentre en una relación absoluta con lo absoluto, o bien Abraham está perdido.


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