Temor y temblor
Temor y temblor Cierta vez, habiendo alcanzado las especias precios muy bajos en Holanda, los mercaderes arrojaron unos cuantos cargamentos al mar para así hacer subir los precios. Era una treta perdonable y, posiblemente, necesaria. ¿Estaremos necesitando de un recurso semejante en el mundo del espíritu? ¿Tan convencidos estamos de haber llegado a lo más alto que no nos queda sino imaginar a modo de pasatiempo que no hemos llegado hasta allí? ¿Será éste el autoengaño que necesita inferirse a sí misma la generación actual? ¿Será éste el virtuosismo que desea alcanzar? ¿O no ha alcanzado todavía la perfección en el arte de engañarse a sí misma? O, al contrario, ¿no estará necesitada de una seriedad profunda, una seriedad que, intrépida e insobornable, señale cuáles son las tareas que hay que realizar, una radical seriedad que amorosamente vigila el cumplimiento de estas tareas y que no asusta a los hombres incitándoles a lanzarse de golpe a lo más alto, sino que conserva las tareas que se han de cumplir frescas, hermosas y agradables de contemplar y atrayentes para todos, aunque a la vez difíciles e interesantes para los espíritus nobles, porque una naturaleza egregia sólo se entusiasma en presencia de lo difícil? Aunque sí es muy cierto que una generación puede aprender mucho de las que le han precedido, no lo es menos que nunca le podrán enseñar lo que es específicamente humano. En este aspecto cada generación ha de empezar exactamente desde el principio, como si se tratase de la primera; ninguna tiene una tarea nueva que vaya más allá de aquélla de la precedente ni llega más lejos que ésta a no ser que haya eludido su tarea y se haya traicionado a sí misma.
