El Judío errante
El Judío errante Es cierto que todavía no podemos disponer de billetes Calais-Hong Kong, aunque podamos hacerlo dentro de quince años, pero hay hombres que dicen que si uno se pasea por la costa sur de la India, se encuentra, en un pequeño bungaló encalado y limpio, sentado en una silla colgada del techo, sobre una lámina de delgado acero que, como él sabe muy bien, destruye la atracción de la tierra, a un hombre viejo y consumido, con el rostro vuelto siempre al sol naciente, y un cronómetro en la mano, corriendo contra la eternidad. No puede beber, no fuma, y sus gastos ascienden, quizá, a unas veinticinco rupias al mes, pero es John Hay, el Inmortal. En el exterior, oye el estruendo del mundo que gira, pero con el cual él siempre explica cuidadosamente que no tiene relación alguna; pero si le dices que solo se trata del ruido de las olas, llorará con amargura, porque la sombra de su cerebro va muriendo a medida que su mente deja de funcionar, y a veces duda de que el doctor dijera la verdad.
-¿Por qué el sol no está siempre sobre mi cabeza? -pregunta John Hay.
