El JudÃo errante
El JudÃo errante Cuando murió un pariente rico, se vio de pronto en posesión de una fortuna mucho mayor de lo que su carrera previa hubiera podido hacer suponer razonablemente, dado que habÃa estado plagada de contrariedades y desgracias. Es más, mucho antes de que le llegara la herencia, ya existÃa en el cerebro de John Hay una pequeña nube, un oscurecimiento momentáneo del pensamiento que iba y venÃa antes de que llegara a darse cuenta de que existÃa alguna solución de continuidad. Lo mismo que los murciélagos que aletean en torno al alero de una casa para mostrar que están cayendo las sombras. Entró en posesión de grandes bienes, dinero, tierra, propiedades; pero tras su alegrÃa se irguió un fantasma que le gritaba que su disfrute de aquellos bienes no iba a ser de larga duración. Era el fantasma del pariente rico, al que se le habÃa permitido retornar a la tierra para torturar al sobrino hasta la tumba. Por lo que, bajo el aguijón de este recuerdo constante, John Hay, manteniendo siempre la profunda imperturbabilidad del hombre de negocios que ocultaba las sombras de su mente, transformó sus inversiones, casas y tierras en soberanos¹ sólidos, redondos, rojos soberanos ingleses, cada uno equivalente a veinte chelines. Las tierras pueden perder su valor, y las casas volar al cielo en alas de llama escarlata, pero hasta el DÃa del Juicio un soberano será siempre un soberano, es decir, un rey de los placeres.
