El Libro de la selva
El Libro de la selva HabÃa transcurrido el tiempo y Akela ya no estaba. Mowgli debÃa de tener cerca de diecisiete años. ParecÃa mayor, pues el duro ejercicio, la buena comida y el aire libre le habÃan dotado de una fuerza y una corpulencia más allá de su edad. El Pueblo de la Selva, que solÃa temerle por su inteligencia, ahora le temÃa por su fuerza y cuando andaba silencioso, pensando en sus cosas, el mero susurro de su llegada vaciaba los senderos del bosque. Y sin embargo su mirada era siempre afectuosa, hasta cuando luchaba sus ojos nunca centelleaban, como le pasaba a Bagheera; solo expresaban una excitación cada vez mayor, y esto era algo que la propia Bagheera no entendÃa, por eso le preguntó la razón.
—Cuando no cazo tengo hambre —contestó Mowgli riendo— y cuando llevo dos dÃas sin comer me pongo muy furioso. ¿No dicen nada mis ojos entonces?
—La boca está hambrienta, pero los ojos callan. Cazar, comer o nadar es todo lo mismo.
