El Libro de la selva
El Libro de la selva Eran las siete de una calurosa tarde en las colinas de Seoni1 cuando Padre Lobo despertó de su larga siesta, se rascó, bostezó y estiró las patas para sacudirse el sueño que lo aletargaba. Madre Loba estaba echada, acurrucando a sus cuatro traviesos cachorros. La luna asomó por la boca de la cueva donde vivían.
—¡Auh! —dijo Padre Lobo—. Es la hora de ir de caza.
Iba a dejarse caer por la pendiente, cuando una pequeña silueta, con una robusta cola, cruzó el umbral y gimoteó:
—¡Buena suerte, jefe de los lobos! No olvides a los que pasan hambre en este mundo.
Era el chacal Tabaqui, el lameplatos2. Los lobos de la India lo desprecian porque es malicioso y embustero. Va por ahí comiendo en los vertederos de basura y la gente lo teme porque de vez en cuando le da un ataque de locura y corre por la jungla, mordiendo todo lo que encuentra en su camino. Incluso el tigre se esconde de él, pues lo peor que les puede pasar a las criaturas de la selva es volverse locas.
—Pasa y echa una mirada, aunque aquí no hay comida —dijo Padre Lobo con antipatía.
—Para un lobo, no —dijo Tabaqui—; pero para un ser tan insignificante como yo, cualquier hueso seco será un banquete. Los chacales no rechazamos nada.
