El Libro de la selva
El Libro de la selva Se metió hasta el fondo de la cueva, encontró un hueso de ciervo con un poco de carne y se sentó a devorarlo lleno de alegría. Al rato comentó:
—Shere Khan3, el Grande, se ha cambiado de territorio de caza. Desde la próxima luna cazará por estas colinas, según me ha dicho.
Se refería al tigre que vivía cerca del río Waingunga, a veinte millas4 de allí.
—No tiene derecho —gritó quejoso Padre Lobo—. La Ley de la Selva establece que antes de cambiar de zona de caza hay que avisar. Asustará a todos los animales en diez millas a la redonda y huirán. Y yo tendré que trabajar el doble para cazar.
—Su madre lo llama el Cojo —explicó Madre Loba—, porque lo es de nacimiento, y por eso mata solamente ganado. Los aldeanos del Waingunga están furiosos con él y ahora viene a atemorizar también a nuestros campesinos; lo perseguirán por la selva, quemando la hierba, y nosotros tendremos que irnos de aquí. ¡Le estamos muy agradecidos a Shere Khan!
Desde el valle que descendía al arroyo, Padre Lobo pudo escuchar el gruñido seco de un tigre que no había logrado cazar nada y al que no le importaba que toda la selva se enterase.
—¡Está loco! —exclamó Padre Lobo—. Empezar así la tarea de la noche. ¿Se piensa que nuestros ciervos son como los bueyes gordos del Waingunga?
