El Libro de la selva

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—¡Chsss! No son ciervos ni bueyes los que quiere cazar esta noche. Es al hombre —dijo Madre Loba.

—¿Al hombre? —comentó Padre Lobo, enseñando sus blancos colmillos—. ¿Es que no hay bastantes escarabajos ni ranas en nuestras charcas que tiene que comerse a un hombre, y en nuestro territorio? La Ley de la Selva, que nunca dispone nada sin un motivo, prohíbe a las fieras que maten al hombre excepto cuando están enseñando a sus cachorros las tácticas de caza, y eso siempre ha de hacerse fuera de los límites de las áreas que corresponden a nuestras manadas. La razón es que la matanza de un hombre supone, tarde o temprano, la llegada de más hombres blancos con rifles y sobre elefantes, y cientos de hombres morenos con tambores, antorchas y cohetes. Entonces todos los habitantes de la selva sufren las consecuencias. Además el hombre es el ser más débil e indefenso de todas las criaturas vivientes y no es digno de ser cazado. Por añadidura, a los comedores de hombres se les caen los dientes y se vuelven sarnosos.

El gruñido se hizo más sonoro y se convirtió en el fuerte rugido que lanza el tigre al atacar. Después se oyó un aullido.

—¡Ha fallado! —gritó Madre Loba—. ¿Qué habrá pasado?

Padre Lobo salió unos pasos fuera de la madriguera, mientras oía a Shere Khan refunfuñar saltando los arbustos.


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