El Libro de la selva

El Libro de la selva

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—¡Será imbécil! —explicó—. Pues no se le ha ocurrido entrar en un campamento y saltar sobre la hoguera. Se ha quemado las patas. Tabaqui está con él.

—Algo se acerca —dijo Madre Loba, moviendo nerviosa una oreja—. Estad preparados.

La maleza crujía en la oscuridad y Padre Lobo dobló sus patas, listo para saltar. En ese instante, si hubieseis estado allí, habríais visto la cosa más sorprendente del mundo: un lobo suspendido en el aire, en mitad de un salto, a cinco pies5 del suelo, cayendo al mismo sitio en el que se encontraba, al tiempo que un niño desnudo y moreno, que se agarraba a una rama, caía dentro de la cueva; miró a Padre Lobo y sonrió.

—¡Es un hombre! —dijo Padre Lobo—. Un cachorro de hombre. ¡Mirad!

—¿Un cachorro de hombre? —preguntó Madre Loba—. Nunca he visto ninguno. Tráelo.

Un lobo acostumbrado a trasladar a sus cachorros puede, si es necesario, llevar un hueso en la boca sin romperlo. Así cerró Padre Lobo sus mandíbulas sobre la suave espalda del niño sin hacerle ni un rasguño, y lo dejó tendido entre sus lobeznos.


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