El Libro de la selva
El Libro de la selva —¡Qué pequeño es y qué valiente! —dijo Madre Loba, mientras que el niño buscaba sitio entre los lobitos para calentarse—. ¡Ajá! Ahora está mamando como los otros. Asà que esto es un hombre. ¿Ha habido alguna vez una loba que pueda alardear de haber criado a un cachorro de hombre entre los suyos?
—He oÃdo contar historias parecidas, pero no en estos tiempos —dijo Padre Lobo—. Mira, no tiene pelo y es tan frágil que lo podrÃa matar de un zarpazo; pero nos mira sin miedo.
Entonces la cabeza y los hombros de Shere Khan bloquearon la entrada de la cueva, impidiendo que entrase la luz de la luna. Tabaqui, detrás de él, gritaba:
—¡Señor, señor, ha entrado aquÃ!
—Shere Khan nos hace un gran honor —dijo Padre Lobo sin poder ocultar la cólera en sus ojos—. ¿Qué se le ofrece?
—Mi presa. Un cachorro de hombre ha entrado aquÃ. Sus padres han huido. Dádmelo.
Shere Khan estaba irritado por el dolor que las quemaduras le producÃan en sus patas y por no poder penetrar en la cueva, cuya abertura era demasiado pequeña para él.
