El Libro de la selva
El Libro de la selva —Los lobos forman un pueblo libre —dijo Padre Lobo—. Ellos obedecen las órdenes del jefe de su manada, pero no de cualquier destripador de ganado a rayas. El cachorro de hombre es nuestro y si queremos matarlo, nosotros lo haremos.
—Por el toro que maté, ¿es que tendré que mantener mi nariz en tu perrera hasta que me des lo que me pertenece? ¿Con quién te crees que estás hablando? Soy Shere Khan. —Y dio un rugido que atronó la cueva.
—Y yo soy Raksha, el Diablo, quien te contesta —dijo Madre Loba, dando un paso adelante y mirando fijamente al tigre, con sus ojos verdes como dos lunas en la oscuridad—. El cachorro de hombre es mÃo y no va a ser devorado. Vivirá para correr y cazar con nuestra manada. Y al final, oye lo que te digo, asesino de crÃas, de ranas y de peces, él te cazará a ti. Y ahora, lárgate, o por el ciervo que yo maté, y yo no cazo ganado hambriento, que te mando con tu madre aún más cojo que cuando viniste al mundo.
Padre Lobo la miró asombrado, recordando los viejos dÃas en que se habÃa enfrentado a cinco lobos, por lo que en la manada no la llamaban el Diablo por hacerle un cumplido. Shere Khan tampoco se atreverÃa a enfrentarse a ella, porque sabÃa que en su posición llevaba las de perder. Asà que se apartó de la boca de la cueva y a cierta distancia gritó:
