El Libro de la selva
El Libro de la selva Esta es la historia de la gran batalla que Rikki-tikki-tavi, la mangosta, sostuvo ella sola en el cuarto de baño que había en el gran bungaló7 del cuartel militar británico de Sugauli8. Darzee, el pájaro tejedor, la ayudó y Chuchundra, el ratón almizclero, la aconsejó.
Era una mangosta muy parecida a un gato pequeño en su piel y su cola, pero más bien como una comadreja en su cabeza y en sus costumbres. Sus ojos, al final de su vivaracha nariz, eran rosas. Alcanzaba a rascarse en cualquier parte de su cuerpo con alguna de sus patas y podía erizar su cola hasta que pareciera un cepillo de barrendero. Su grito de guerra, que lanzaba cuando correteaba por la hierba, era:
—¡Rikki-tikk-tikki-tikki-tchk!
Un día de verano, un aguacero la sacó de la madriguera donde vivía con sus padres y la arrastró, pataleando y chillando, hasta una zanja al borde de la carretera. Vio una mata de hierba que flotaba y saltó a ella, hasta que perdió el conocimiento. Cuando despertó, se encontró tumbada en medio del sendero de un jardín, y un niño pequeño estaba diciendo:
—Aquí hay una mangosta muerta. Vamos a enterrarla.
—No —dijo su madre—. Vamos a meterla en casa y a secarla. Quizá no esté muerta.
