Fabulas libertinas
Fabulas libertinas A las cosas más palpables,
De más naturalidad,
Hay autores que, en verdad,
Ponen nombres agradables,
Con suma facilidad.
Todo a sus ojos se dora,
Nada les cuesta la cosa,
Y en cualesquiera mocosa,
Ven luego ninfa o pastora,
Cuando no ven una diosa.
Faltar a esto no podía
Del buen Horacio la llama,
Y si la sierva venía
A refugiarse en su cama,
Era Egéria o era Ilía,
Era cuanto se quería[2].
En su cariño profundo,
Puso Dios un día en el mundo
A Apolo, su servidor,
Y le dijo con favor;
«Nombra tú lo que yo fundo».
Siguiendo esta antigua ley,
Pudiera, si bien se mira,
De mis cuentos en la grey,
Decir, por Lucas, Lucey,
Y en vez de Ana, Silvanira.
