Fabulas libertinas

Fabulas libertinas

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Una duda tenía su ansia celosa;

Era un talento, un amoroso cebo

Que en su cara mitad halló el mancebo,

Y que nunca encontrará él en su esposa.

«Está visto, no es ella,

Murmuraba el marido.

Es ella, me lo tengo muy sabido.

Empero, siempre en casa está en querella,

Mientras que la que él dice es muy afable,

Habla de una manera muy amable;

¡Vamos, vamos, es otra!

No en vano dicen que yo tengo potra.

Sí, pero ¿y lo demás?…

Ya me taladra

La duda nueva vez; la gallardía,

La cara y el color, todo la cuadra.

¡Vaya, vaya, es la mía!».

Al cabo de decir: «Ella es —no es ella»,

Convino en su interior el abogado

Que era bien su mujer aquella bella

Que a su alumno dejara entusiasmado.

Grande fue su furor, mas concentrado.

Y preguntó con voz algo contrita:

«¿Habéis pactado una segunda cita?

—Sí tal, está pactada;

Ha sido la primera muy fecunda,

Para no preparamos la segunda,


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