Fabulas libertinas
Fabulas libertinas A la selva acudió y quedó asombrado
Viendo un rico palacio levantado
En lo que un tiempo fue páramo yerto.
Era el palacio grande y suntuoso,
Un inmenso tesoro
De corales, de mármoles, de oro,
Que cercaba un jardÃn fresco y hermoso.
Hoy dÃa, no fuera dable
Ver casa tan amena y agradable.
Francas, de par en par, se ven las puertas,
Las estancias están todas desiertas;
Hasta que, al fin, en una galerÃa
Delante de Don Juan se puso un moro
Con narices de loro,
Que parecÃa un Esopo de EtiopÃa.
Lo tomó el magistrado
Por un humilde criado,
Y creyendo halagarle
Asà comenzó a hablarle:
«Dime, amigo, ¿quién tiene a su albedrÃo Este palacio?».
Y dijo el otro: «¡Es mÃo!».
Pide perdón el juez de su arrogancia,
Se prosterna exclamando:
«Yo os adoro, Perdonad, señor moro,
Perdonad mi ignorancia,
No habló mi lengua con objeto malo.