Figaro

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Tres años seguidos he tenido la desgracia de comer de fonda en Madrid, y en el día sólo el deseo de observar las variaciones que en nuestras costumbres se verifican con más rapidez de lo que algunos piensan, o el deseo de pasar un rato con amigos, pueden obligarme a semejante despropósito. No hace mucho, sin embargo, que un conocido mío me quiso arrastrar fuera de mi casa a la hora de comer.

—Vamos a comer a la fonda.

—Gracias; mejor quiero no comer.

—Comeremos bien, iremos a Genyeis: es la mejor fonda.

—Linda fonda: es preciso comer de seis o siete duros para no comer mal. ¿Qué aliciente hay allí para ese precio? Las salas son bien feas: el adorno ninguno: ni una alfombra, ni un mueble elegante, ni un criado decente, ni un servicio de lujo, ni un espejo, ni una chimenea, ni una estufa en invierno, ni agua de nieve en verano, ni… ni burdeos, ni champaña… Porque no es burdeos el valdepeñas, por más raíz de lirio que se le eche.

—Iremos a los Dos Amigos.

—Tendremos que salirnos a la calle a comer, o a la escalera, o llevar una cerilla en el bolsillo para vernos las caras en la sala larga.

—A cualquiera otra parte. Crea usted que hoy nos van a dar bien de comer.


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