Figaro
Figaro Después de un modesto reconocimiento del billete y del sello y la rúbrica y la contraseña, entramos en una salita que no tenÃa más defecto que estar las paredes demasiado cerca unas de otras; pero ello es más preciso tener máscaras que salas donde colocarlas. Algún ciego alquilado para toda la noche, como la araña y la alfombra, y para descansarle un piano, tan piano que nadie lo consiguió oÃr jamás, eran la música del baile, donde nadie bailó. PonÃanse, sÃ, de vez en cuando a modo de parejas la mitad de los concurrentes, y dábanse con la mayor intención de ánimo sendos encontrones a derecha e izquierda, y aquello era el bailar, si se nos permite esta expresión.
Mi amigo no encontró lo que buscaba, y según yo llegué a presumir, consistió en que no buscaba nada, que es precisamente lo mismo que a otros muchos les acontece. Algunas madres, sÃ, buscaban a sus hijas, y algunos maridos a sus mujeres, pero ni una sola hija buscaba a su madre, ni una sola mujer a su marido. Acaso —decÃan—, se habrán quedado dormidas entre la confusión en alguna pieza… Es posible —decÃa yo para m×, pero no es probable.
Una máscara vino disparada hacia mÃ.
—¿Eres tú? —me preguntó misteriosamente.
—Yo soy —le respondà seguro de no mentir.