Figaro
Figaro —Conocà el dominó; pero esta noche es imposible; Paquita está ahÃ; mas el marido se ha empeñado en venir; no sabemos por dónde diantres ha encontrado billetes. ¡Lástima grande!, ¡mira tú qué ocasión! Te hemos visto, y no atreviéndose a hablarte ella misma, me envÃa para decirte que mañana sin falta os veréis en la Sartén… Dominó encarnado y lazos blancos…
—Bien.
—¿Estás?
—No faltaré.
—¿Y tu mujer, hombre? —le decÃa a un ente rarÃsimo que se habÃa vestido todo de cuernecitos de abundancia, un dominó negro que llevaba otro igual del brazo.
—Durmiendo estará ahora; por más que he hecho, no he podido decidirla a que venga; no hay otra más enemiga de diversiones.
—Asà descansas tú en su virtud; ¿piensas estar aquà toda la noche?
—No, hasta las cuatro.
—Haces bien.
En esto se habÃa alejado el de los cuernecillos, y entreoà estas palabras:
—Nada ha sospechado.
—¿Cómo era posible? Si salà una hora después que él…
—¿A las cuatro ha dicho?