Figaro
Figaro Con esta exquisita crianza, pues, y vestirse de vez en cuando de majo, traje que lleva consigo el ¿qué se me da a mí? y el ¡aquí estoy yo! ya se deja conocer que es uno de los gerifaltes que más lugar ocupan en la corte, y que constituye uno de los adornos de la sociedad de buen tono de esta capital, de qué sé yo cuántos mundos.
Éste es mi pariente, y bien sé yo que si su padre le viese, había de estar tan embobado con su hijo como lo estoy yo con mi sobrino, por tan buena cualidad como en él se ha llegado a reunir. Conoce mi Joaquín esta fragilidad y aun suele prevalerse de ella.
Las ocho serían y vestíame yo, cuando entra mi criado y me anuncia mi sobrino.
—¿Mi sobrino? Pues debe ser la una.
—No, señor, son las ocho no más.
Abro los ojos asombrado y me encuentro a mi elegante de pie, vestido, y en mi casa a las ocho de la mañana.
—Joaquín, tú a estas horas.
—Querido tío, buenos días.
—¿Vas de viaje?
—No, señor.
—¿Qué madrugón es éste?
—¿Yo madrugar, tío? Todavía no me he acostado.
—¡Ah, ya decía yo!