Figaro
Figaro No fuera yo FÃgaro, ni tuviera esa travesura y maliciosa Ãndole que malas lenguas me atribuyen, si no sacara a luz pública cierta visita que no ha muchos dÃas tuve en mi propia casa.
Columpiábame en mi mullido sillón, de estos que dan vuelta sobre su eje, los cuales son especialmente de mi gusto por asemejarse en cierto modo a muchas gentes que conozco, y me hallaba en la mayor perplejidad sin saber cuál de mis numerosas apuntaciones elegirÃa para un artÃculo que me correspondÃa ingerir aquel dÃa en la Revista. QuerÃa yo que fuese interesante sin ser mordaz, y conocÃa toda la dificultad de mi empeño, y sobre todo que fuese serio, porque no está siempre un hombre de buen humor, o de buen talante para comunicar el suyo a los demás. No dejaba de atormentarme la idea de que fuese histórico, y por consiguiente verÃdico, porque mientras yo no haga más que cumplir con las obligaciones de fiel cronista de los usos y costumbres de mi siglo, no se me podrá culpar de mal intencionado, ni de amigo de buscar pendencias por una sátira más o menos.
Hallábame, como he dicho, sin saber cuál de mis notas escogerÃa por más inocente, y no encontraba por cierto mucho que escoger, cuando me deparó felizmente la casualidad, materia sobrada para un artÃculo, al anunciarme mi criado a un joven que me querÃa hablar indispensablemente.