Figaro
Figaro De esta facilidad con que puede leerse un artÃculo en blanco se deduce un principio que desgraciadamente ha sido fin para El Siglo; a saber, que se pueden comparar con las cosas escritas en tinta simpática y con esas pantallas elegantes que toman más o menos color según se acercan más o menos a la lumbre; leÃdos en un gabinete ministerial, naturalmente resguardado de toda intemperie, y en que suele estar alto el termómetro, toman un colorcito subido que ofende la vista; y leÃdos al aire libre, se revisten de una tinta suave que da gozo a la multitud. Pero siempre hacen fortuna, porque en el primer caso, y cuando dan con un lector amigo del silencio, suelen dar por gusto al periodista, y en tal caso se da un privilegio exclusivo al autor de un artÃculo en blanco, para que puedan también quedar en blanco los números sucesivos.
Bien conocerá el lector, aun sin haber leÃdo El Siglo, como probablemente no le habrá leÃdo por aficionado que sea a leer, que no es mi intención defender ni acriminar los artÃculos en blanco, ni mucho menos a los gobiernos, que temo, a Dios gracias.
Es únicamente mi objeto apuntar unas cuantas ideas acerca de la teorÃa de los artÃculos en blanco, género nuevo en nuestro paÃs, y para el cual debió decir Malherbe aquellos versos:
Et rose elle a vécu ce que vivent les roses
L’espace d’un matin.