Figaro
Figaro —¿No hay quien le eche a usted a los infiernos? —grito desesperado—. ¡PaÃs de obstáculos!
Es preciso resignarse, esperar… Al fin lo habrá todo… demasiado va a haber luego… ésta es la idea que me detiene, por fin, que cuando haya editor, redactores, impresor, cajistas, papel… entonces también habrá censor… Eso sÃ, eso siempre lo hay… ni hay que mandarlo hacer, ni hay que esperar…
Aquà acabo de perder la cabeza, enciérrome en mi casa, ¡voto va! Pues ha de haber FÃgaro, sÃ, señor, por lo mismo ha de haber FÃgaro, y ha de hablar de todo, absolutamente de todo.
Diciendo esto llego a mi casa, me siento a mi bufete para tomar disposiciones.
—¿Qué hace usted? —le digo a mi escribiente, de mal humor.
—Señor —me responde—, estoy traduciendo, como me ha mandado usted, este monólogo de su tocayo de usted, en el Mariage de Figaro de Beaumarchais, para que sirva de epÃgrafe a la colección de sus artÃculos que va usted a publicar.
—¿A ver cómo dice?