Figaro
Figaro —SÃ, pero no el impresor —contesto furioso.
—¿Qué quiere usted? Luego, es trabajo en que no se gana: como no hay cajistas en España, piden un sentido, se hacen valer; el público no quiere pagar caro, el oficial no quiere trabajar barato.
—¿Conque es imposible imprimir un periódico?
—Poco menos, señor; y si acaso se lo imprimen a usted, será caro y mal. Pondrán unas letras por otras.
—Eso ¡pardiez!, no será imprimir mi periódico, sino otro del cajista.
—Pues eso, señor, sucederá; en habiendo un dÃa de formación no tendrá usted cajistas; y si usted se enfada algún dÃa por una errata, lo dejarán plantado, y si no se enfada también.
¿Es posible? ¿Conque no hay FÃgaro? ¡Oh! ¡Habrá FÃgaro, habrá FÃgaro! Venceremos las dificultades… ¡Ah!, se me olvidaba: ¡Papel! A una fábrica, a otra, a otra… Éste es chico, este caro, este grande, este moreno, éste con demasiada cola…
—Mire usted, como usted lo quiere no lo hay —me dicen por fin—. Es preciso mandarlo hacer.
—Pues lo mando hacer: para dentro de ocho dÃas.
—Señor, la fábrica está a sesenta leguas; hay que hacer los moldes, y luego el papel, y luego secarlo, y si llueve… y luego, traerlo… y el ordinario echa quince dÃas o veinte… y…