Figaro
Figaro Andábame dÃas pasados por esas calles, a buscar materiales para mis artÃculos. Embebido en mis pensamientos me sorprendà varias veces a mà mismo riendo como un pobre de mis propias ideas y moviendo maquinalmente los labios; algún tropezón me recordaba de cuando en cuando que para andar por el empedrado de Madrid no es la mejor circunstancia la de ser poeta ni filósofo; más de una sonrisa maligna, más de un gesto de admiración de los que a mi lado pasaban, me hacÃa reflexionar que los soliloquios no se deben hacer en público; y no pocos encontrones que, al volver las esquinas, di con quien tan distraÃda y rápidamente como yo las doblaba, me hicieron conocer que los distraÃdos no entran en el número de los cuerpos elásticos, y mucho menos de los seres gloriosos e impasibles. En semejante situación de espÃritu, ¿qué sensación no deberÃa de producirme una horrible palmada que una grande mano, pegada (a lo que por entonces entendÃ) a un grandÃsimo brazo, vino a descargar sobre uno de mis hombros que, por desgracia, no tienen punto alguno de semejanza con los de Atlante?