Figaro
Figaro No queriendo dar a entender que desconocÃa este enérgico modo de anunciarse, ni desairar el agasajo de quien sin duda habÃa querido hacérmele más que mediano, dejándome torcido para todo el dÃa, traté sólo de volverme por conocer quién fuese tan mi amigo para tratarme tan mal; pero mi castellano viejo es hombre que, cuando está de gracia, no se ha de dejar ninguna en el tintero. ¿Cómo dirá el lector que siguió dándome pruebas de confianza y cariño? Echome las manos a los ojos, y sujetándome por detrás:
—¿Quién soy? —gritaba alborozado con el buen éxito de su delicada travesura—. ¿Quién soy?
—Un animal —iba a responderle; pero me acordé de repente de quien podrÃa ser, y sustituyendo cantidades iguales:
—¡Braulio eres! —le dije.
Al oÃrme suelta sus manos, rÃe, se aprieta los ijares, alborota la calle, y pónenos a entrambos en escena.
—¡Bien, mi amigo! Pues ¿en qué me has conocido?
—¿Quién pudiera ser sino tú?…
—¿Has venido ya de tu Vizcaya?
—No, Braulio, no he venido.
—¡Siempre el mismo genio! ¿Qué quieres?, es la pregunta del español. ¡Cuánto me alegro de que estés aquÃ! ¿Sabes que mañana son mis dÃas?