Figaro
Figaro —Te los deseo muy felices.
—Déjate de cumplimientos entre nosotros; ya sabes que yo soy franco y castellano viejo: el pan, pan, el vino, vino; por consiguiente, exijo de ti que no vayas a dármelos, pero estás convidado.
—¿A qué?
—A comer conmigo.
—No es posible.
—No hay remedio.
—No puedo —insisto temblando.
—¿No puedes?
—¡Gracias!
—¿Gracias? ¡Vete a paseo! Amigo, como no soy el duque de F… ni el conde de P…
—¿Quién se resiste a una sorpresa de esa especie? ¿Quién quiere parecer vano?
—No es eso, sino que…
—Pues si no es eso —me interrumpe—, te espero a las dos; en casa se come a la española, temprano. Irá mucha gente; tendremos al famoso X., que nos improvisará de lo lindo; T. nos cantará de sobremesa una rondeña con su gracia habitual; y por la noche, J. cantará y tocará alguna cosilla.
Esto me consoló algún tanto, y fue preciso ceder; un dÃa malo —dije para m× cualquiera lo pasa; en este mundo, para conservar amigos, es preciso tener el valor de aguantar sus obsequios.