Figaro
Figaro No hay cosa como una Junta, si se trata, sobre todo, de juntarse aquéllos a quienes Dios crió. Podrán no hacer nada las gentes en una Junta, podrán no tener nada que hacer tampoco, pero nada es más necesario que una Junta; asà que, lo mismo es nacer un partido, pónenle al momento en Junta como lo habÃan de poner en nodriza, y no bien abre los ojos a la luz se encuentra ya juntado, que no es poca ventaja. La Junta, pues, es el precursor de un partido por lo regular, y esta clase de Juntas andan siempre por esos caminos interceptando, o interceptadas, cuando no están fuera del reino tomando aires, o tomando las de Villadiego, que de todo toman las juntas.
La que en el dÃa llama nuestra atención es la de Castel-o-Branco. EmpezarÃa a anochecer en Castel-o-Branco, y ponÃase por consiguiente obscuro el horizonte, cuando acertó a pasar por allà un español de éstos sanos de los del siglo pasado, y que poco o nada se curan del gobierno; de éstos que dicen: a mà siempre me han de gobernar, tómelo por donde quiera. A qué iba el español a Castel-o-Branco, eso serÃa averiguación para más despacio. Basta saber que iba y que llegaba, cuando se halló detenido en medio de su camino por un portugués, que con voz descompuesta y cara de causa perdida:
—Casteçao —le dijo—, ¿es vasallo do senhor Emperante Carlos usted? ¿Vien de Castella?