Figaro
Figaro Pocos pasos habrían andado, cuando se esparció la noticia por todo Castel-o-Branco de cómo había llegado un vasallo de Su Majestad Imperial. Es de advertir que como todos los días no tiene Su Majestad Imperial proporción de ver un vasallo suyo, porque andan para él los vasallos por las nubes, decidiose lo que era natural y estaba en el orden de las cosas; y fue, que así como un pueblo de vasallos suele solemnizar la entrada de un rey, así pareció justo que un pueblo de reyes solemnizase la entrada de un vasallo. Echáronse, pues, a vuelo las campanas: con este motivo hubo quien dijo: principio quieren las cosas, y quien añadió: que el reinar no quiere más que empezar. Digo, pues, que se echaron a vuelo las campanas, y el labriego se aturdía; verdad es que el ruido no era para menos.
—¿Qué fiesta es mañana? —preguntaba el buen hombre.
—Festéjase la llegada de vuestra merced, señor casteçao.
—¿Mi llegada? ¡Vea usted qué diferencia! Allá en España nunca festejó nadie mis idas y venidas, y eso que siempre anduve de ceca en meca; ya veo que en este país se ocupan más en cada uno.
En estos y otros propósitos entretenidos llegaron a una casa que tenía una gran muestra, donde en letras gordas decía:
Junta Suprema de Gobierno