El arco iris

El arco iris

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Muy cerca de casa, en Cossethay, estaba el vicario, que hablaba ese otro idioma mágico y tenía ese otro porte más refinado, cosas ambas de las que ella se percataba, aun cuando nunca pudiera alcanzarlas. El vicario se movía en mundos muy alejados de aquel en el que existían sus vecinos. ¡Como si ella no conociera a sus vecinos!: saludables, lentos, de complexión fuerte y más que experimentados, pero simples, apegados a la tierra, cerrados al exterior y con un radio de movimientos muy restringido. El vicario, por su parte, que era moreno y seco y pequeño en comparación con su marido, tenía tal rapidez y tal radio de acción que, a su lado, Brangwen, con su derroche de afabilidad, parecía torpe y provinciano. La señora Brangwen conocía a su marido. En la naturaleza del vicario, sin embargo, había algo que escapaba a su conocimiento. Tal como Brangwen tenía poder sobre los animales, el vicario lo tenía sobre su marido. ¿Qué tenía el vicario que lo elevaba por encima de los hombres corrientes, igual que se eleva el hombre por encima de las bestias? Ella anhelaba saberlo. Anhelaba alcanzar esta condición más elevada del ser, si no para sí, al menos para sus hijos. ¿Qué era lo que hacía a un hombre fuerte, aun cuando fuese pequeño y físicamente frágil, como es pequeño y frágil cualquier hombre al lado de un toro, y a la vez es más fuerte que éste? No eran el dinero ni el poder ni la posición. ¿Qué poder tenía el vicario sobre Tom Brangwen? Ninguno. No obstante, si se les despojara de todo y se les abandonara en una isla desierta, el vicario sería el amo. Su alma era dueña del alma del otro. Y ¿por qué? ¿Por qué? La mujer de Brangwen decidió que era cuestión de conocimiento.


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