El arco iris
El arco iris La mujer, sin embargo, quería una vida distinta, algo que no fuera intimidad sanguínea. Su casa, de espaldas a las granjas y los campos de cultivo, miraba al camino y al pueblo, con su iglesia y su Ayuntamiento, y al mundo, más allá. Quería ver el lejano mundo de las ciudades y los gobiernos y el alcance de la actividad humana, la tierra mágica a sus ojos, donde los secretos se desvelaban y los deseos se hacían realidad. Miraba hacia fuera, donde los hombres, dominantes y creativos, habían dado la espalda al palpitante calor de la creación y, dejando esto atrás, se disponían a descubrir lo que había más allá, a ampliar sus horizontes y el campo de su libertad, mientras que los varones de la familia Brangwen miraban hacia dentro, a la pujante vida de la creación, que corría, indecisa, por sus venas.
Contemplando la actividad humana del mundo en general desde la puerta de su casa, tal como le correspondía, mientras su marido miraba en dirección contraria, al cielo y la cosecha, los animales y los campos, la mujer se esforzaba para ver qué había logrado el hombre fuera con su lucha por el conocimiento, se esforzaba para oír cómo se expresaba él en su conquista, y sus deseos más hondos estaban puestos en la batalla que oía a lo lejos, la que se libraba en el filo de lo desconocido. También ella quería saber y formar parte de las huestes en combate.