El arco iris
El arco iris Él sufría mucho con la idea del matrimonio, de la intimidad y la desnudez del matrimonio. Apenas conocía a Lydia. Eran dos extraños, dos desconocidos. Y no podían hablar. Cuando ella hablaba, de Polonia o de su vida anterior, todo parecía muy raro y apenas conseguía comunicarle nada. Y, cuando él la miraba, un exceso de reverencia y miedo a lo desconocido transformaba la naturaleza de su deseo en algo parecido a la veneración que la alejaba a ella de su deseo, lo acobardaba.
Lydia no lo sabía, no lo entendía. Se habían mirado y se habían aceptado. Así había sido, y por tanto no había nada que evitar: su vínculo era definitivo.
En la boda, Brangwen tenía una expresión tensa y ausente. Quería beber para olvidarse de sus pronósticos y sus cavilaciones, para vivir el momento en libertad. Pero no podía. La incertidumbre le atenazaba cada vez más el corazón. Las bromas, la jovialidad, la alegría y las indirectas de los invitados no hacían sino invitarlo a replegarse. No oía. Estaba obsesionado por la inminencia de la unión, no podía liberarse.