El arco iris

El arco iris

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Poco a poco se desesperaba, perdía la capacidad de comprender y se apoderaba de él un sentimiento de rebeldía sin límite. Incapaz de expresarse, prisionero de una pasión violenta, lúgubre, muda, Brangwen casi llegaba a odiar a Lydia, hasta que ella tomaba conciencia de él gradualmente, conciencia de ella con respecto a él, y entonces su sangre volvía a despertar a la vida, y otra vez empezaba a abrirse para Brangwen, y de nuevo fluía hacia él. Él esperaba hasta que el hechizo los envolvía nuevamente, hasta que quedaban unidos en el interior de una llama que estallaba con impaciencia. Y, una vez más, él se sentía desconcertado, como si lo ataran con unas cuerdas verdaderas, y no podía acercarse a ella. Era ella quien se acercaba entonces, le desabrochaba el chaleco y la camisa y posaba una mano en su pecho, porque necesitaba conocerlo. Porque le parecía una crueldad abrirse y ofrecerse a él sin saber lo que él era, sin saber siquiera que estaba allí. Lydia se entregaba al momento, pero Brangwen no podía, y no llegaba a tomarla.

Así, él vivió en vilo, como si únicamente la mitad de sus facultades funcionaran, hasta el día de la boda. Lydia no lo entendía. Pero la distracción volvió a apoderarse de ella a medida que corrían los días. Brangwen no lograba establecer un vínculo definitivo con ella. Y ella, de momento, dejó que se alejara.


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