El arco iris
El arco iris Eran muchas las cosas de Lydia que Brangwen desconocía. Cuando se acercaba a ella, se sentía en un territorio desconocido y profundamente doloroso. ¿Cómo abarcarlo y explorarlo? ¿Cómo rodear con sus brazos toda aquella oscuridad, estrecharla contra su pecho y entregarse a ella? ¿Qué no le ocurriría? Si seguía en aquel estado de agitación jamás lo conseguiría. Y ¡entregarse, desnudo, voluntariamente, a un poder desconocido! ¿Cómo podía tener un hombre la fortaleza necesaria para tomar a aquella mujer, abrazarla y hacerla suya, con la certeza de conquistar aquella aterradora presencia desconocida junto a su pecho? ¿Qué era entonces ella, qué era eso a lo que también él debía entregarse, abrazar y abarcar al mismo tiempo?
Brangwen iba a ser su marido. Así se había acordado. Y lo deseaba más de lo que deseaba la vida o cualquier otra cosa. Lydia estaba a su lado, con su vestido de seda, mirándolo con una expresión extraña, y Brangwen sintió cierto terror, cierto horror, porque ella era extraña e inminente y él no tenía elección. No soportaba encontrarse con los ojos de Lydia, enmarcados por aquellas cejas densas y extrañas.
–¿Es tarde? –preguntó ella.
Brangwen miró el reloj.
–No… Las once y media –dijo. Y puso un pretexto cualquiera para ir a la cocina, dejándola sola, rodeada de vasos y desorden.