El arco iris

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Sabía, sin embargo, que no podía apartarla de la densa oscuridad con la que ella se fundía. No debía obligarla a ofrecerle su reconocimiento o a ponerse de acuerdo con él. Sería desastroso, impío. Y, de esta manera, por más que Tom rabiara, siempre tenía que refrenarse. Aun así, le temblaban las muñecas y parecía furioso, como si fueran a estallarle las manos.

Cuando, en noviembre, las hojas de los árboles empezaron a chocar contra los postigos, resonando como un látigo, Brangwen se sobresaltó y una llama parpadeó en sus ojos. El perro miró a Brangwen, que agachó la cabeza junto al fuego. Pero Lydia se había asustado. Él se dio cuenta de que su mujer estaba escuchando.

–Suenan como una carraca –dijo Brangwen.

–¿Qué? –preguntó ella.

–Las hojas.

Ella volvió a sumirse en su lejanía. Las extrañas hojas que golpeaban contra la madera, empujadas por el viento, parecían más cercanas que su mujer. La tensión en la sala se volvió asfixiante, al extremo de que a Brangwen le costaba mover la cabeza. Tenía todos los nervios, todas las venas, todos los músculos en tensión. Se sentía como un arco roto que dispara desastrosamente, privado de sostén. Y, como Lydia no respondía, él disparaba contra la nada. No obstante, se refrenaba y se abstenía de estrellarse contra la nada, de quedar hecho trizas por pura tensión, por pura resistencia.


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