El arco iris

El arco iris

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A medida que transcurrían los meses de embarazo, Lydia dejó a Brangwen cada vez más solo, le prestaba cada vez menos atención, hasta el punto de anular su existencia. Él se sentía atado, atado y sin poder moverse, y empezaba a volverse loco, a punto de perder los estribos. Porque Lydia se mostraba educada y tranquila, como si él no existiera, como quien se muestra educado y tranquilo con un criado.

Pese a todo, ella estaba radiante con el embarazo, y era él quien tenía que rendirse. Se sentaba enfrente de Brangwen, a coser, con su aspecto de extranjera inescrutable e indiferente, y él necesitaba que ella lo reconociera, que tomara conciencia de él. Era insoportable que su mujer lo borrase de aquel modo.

Pero una fuerza superior retenía a Brangwen, le impedía el movimiento, y se iba de casa en busca de alivio. O buscaba la simpatía y el cariño de la pequeña Anna, apelaba a la niña con todo su ser. Pronto fueron como amantes, el padre y la hija.

Y es que Brangwen tenía miedo de su mujer. Cuando la veía sentada, la cabeza inclinada, silenciosa, trabajando o leyendo, perdida en un silencio indescriptible que pesaba en su corazón como una rueda de molino, Lydia se transformaba en la piedra superior del molino, que lo aplastaba, lo trituraba, como a veces se tiende un cielo plomizo sobre la tierra.


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