El arco iris

El arco iris

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Brangwen le decía a Lydia que era fría, egoísta, que solo pensaba en sí misma, que era una extranjera con mal carácter, a quien en el fondo nada interesaba, una mujer sin verdaderos sentimientos en lo más hondo de su ser, sin verdadera bondad. Se enfurecía y acumulaba reproches en los que había algo de verdad, pero cierta elegancia interior le impedía extralimitarse. Sabía, y por esto temblaba de ira y de odio, que Lydia era todas aquellas cosas tan ruines, que era completamente despreciable y ruin. Pero Brangwen tenía en el fondo cierta elegancia, y su elegancia le decía que, por encima de todo, no quería perder a Lydia, que no iba a perderla.

Así, seguía tratándola con cierto respeto, y conservaba parte del vínculo. Salía más a menudo, iba a El León Rojo para huir de la locura que se apoderaba de él cuando estaba al lado de su mujer y ella no le pertenecía, cuando ella se mostraba tan ausente como una mujer cualquiera. No soportaba quedarse en casa, por eso iba a El León Rojo. Y a veces se emborrachaba. De todos modos conservaba la mesura, y jamás perdía su derecho sobre algunas de las cosas que los unían.

Una expresión atormentada se insinuaba en sus ojos, como si algo le acechara a todas horas. Dirigía una mirada intensa y rápida, incapaz de estar sentado sin hacer nada. Tenía que salir, buscar compañía, entregarse al exterior. No había otra escapatoria para él, no podía hacer el esfuerzo de entregarse, no sabía cómo.


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