El arco iris
El arco iris Tenía que soportar que los ojos de Lydia se llenaran de lágrimas, que las lágrimas resbalaran por aquel rostro casi inmóvil, que solo a veces se contraía en un puchero, que se deslizaran hasta su pecho, quieto, casi inmóvil. No se oía nada, más que cuando Lydia, con un ademán extraño, como sonámbula, cogía el pañuelo para secarse las lágrimas y sonarse la nariz y seguía llorando sin hacer ruido. Brangwen sabía que cualquier ofrecimiento de consuelo que pudiera hacerle era para ella aún menos que inútil, detestable, que le crispaba los nervios. Lydia necesitaba llorar. Pero él se volvía loco. La escena le escaldaba el corazón, le hería el cerebro, y se iba de casa.
La principal fuente de consuelo para Brangwen era Anna. La niña se había mostrado en un principio distante y reservada. Un día estaba cariñosa con él y al día siguiente había vuelto a su actitud inicial de desprecio, fría, indiferente y lejana.
La mañana que siguió a la boda, Brangwen comprendió que vivir con Anna no iba a ser fácil. Se despertó sobresaltado, cuando rayaba el alba, al oír una vocecita al otro lado de la puerta que llamaba en tono lastimero:
–¡Mamá!