El arco iris
El arco iris Brangwen se levantó y abrió la puerta. Anna, en camisón, se habÃa escapado de la cama y lo miraba fijamente con unos ojos redondos y hostiles, el pelo rubio como una maraña de lana suave. El hombre y la niña se hicieron frente.
–Quiero a mi mamá –dijo Anna, acentuando celosamente el «mi».
–Pues ven –contestó él, amablemente.
–¿Dónde está mi mamá?
–Está aquÃ… Pasa.
Los ojos de Anna, que miraban sin pestañear al hombre de la barba y el pelo alborotados, no se alteraron. La madre la llamó en voz baja. Y los piececitos inquietos entraron en el dormitorio.
–¡Mamá!
–Ven, cariño.
Los piececitos descalzos se acercaron muy deprisa.
–No sabÃa dónde estabas –dijo la voz lastimera.
La madre tendió los brazos. La niña se detuvo junto a la cama, que era alta. Brangwen levantó en brazos a la niña diminuta, con un «arriba, florecita», y volvió a ocupar su lugar en la cama.
–¡Mamá! –gritó la niña, como angustiada.
–¿Qué, ratita?