El arco iris
El arco iris Anna se acurrucó en los brazos de su madre, aferrándose a ella con fuerza, como si quisiera borrar la presencia del hombre. Brangwen esperó sin moverse. La inquietud se prolongó un buen rato.
Después, Anna volvió la cabeza bruscamente, como si creyera que él se había marchado, y lo vio tendido boca arriba, con la mirada fija en el techo. Con un gesto hostil en los ojos negros, engastados en sus facciones delicadas, Anna se aferró con fuerza a su madre, asustada. Él se quedó un rato quieto, sin saber qué decir. Tenía una expresión de amor, serena y bondadosa, y sus ojos irradiaban un brillo suave. Miró a Anna sin mover apenas la cabeza, sonriendo con la mirada.
–¿Te acabas de despertar? –preguntó.
–Vete –dijo la niña, moviendo la cabeza muy deprisa, como una víbora.
–No –contestó Brangwen–. Yo no me voy. Te puedes ir tú.
–Vete –fue la orden tajante.
–Hay sitio para ti –dijo él.
–No puedes echar a tu padre de su cama, pajarito –dijo Lydia, con voz cariñosa.
Triste e impotente, la niña fulminó a Brangwen con la mirada.
–Hay sitio también para ti –insistió él–. Es una cama bien grande.