El arco iris
El arco iris Más tarde, Anna aceptó a Tilly como parte de la casa, nunca como una persona.
Las primeras semanas, los ojos negros de la niña estaban siempre en guardia. Brangwen, hombre de buen humor, aunque impaciente, malcriado por Tilly, tenÃa arranques de mal genio. Cuando alteraba a todo el mundo con su impaciencia escandalosa, la niña le dirigÃa una mirada furibunda, con sus intensos ojos negros, y nunca dejaba de estirar la cabeza a la velocidad de una serpiente y de decirle:
–Vete.
–No pienso irme a ninguna parte –gritaba él, enfadado al final–. Vete tú… corre… ale… andando. –Y señalaba la puerta.
La niña se apartaba de él, blanca de terror. Luego, cuando veÃa que se habÃa tranquilizado, Anna se armaba de valor.
–Nosotras no vivimos contigo –le soltaba, estirando la cabecita–. Eres… eres… eres un bomaclo.
–¿Un qué? –vociferaba él.
Aunque con voz temblorosa, Anna repetÃa:
–Un bomaclo.
–Ya, y tú una comacla.
La niña se quedaba pensativa. Y reanudaba el ataque, estirando la cabeza.
–No lo soy.
–¿No eres qué?