El arco iris
El arco iris Al principio los Brangwen estaban asombrados con tanto revuelo. La construcción de un canal en sus tierras les hizo sentirse extraños en su propia casa, y aquel talud de tierra pelada, además de encerrarlos, los sumía en el desconcierto. Hasta los campos en los que trabajaban, al otro lado del muro de contención ahora familiar, llegaba el ruido rítmico de las bobinas mecánicas, alarmante al principio, como un narcótico para el cerebro al cabo de un rato. Luego, el silbido estridente de los trenes resonaba en el corazón con temeroso placer, anunciando la inminente llegada de lo lejano.
Cuando volvían del pueblo en la carreta, camino de casa, los ganaderos se cruzaban con los tiznados mineros que salían como un ejército del pozo de la mina. Cuando recogían la cosecha, el viento del oeste traía un leve olor a azufre de los desechos del pozo que estaban quemando. Cuando arrancaban los nabos en noviembre, el agudo y persistente cling, cling, cling de las vagonetas vacías al cambiar de vía vibraba en su corazón con la certeza de que otra actividad se desplegaba fuera de su alcance.