El arco iris
El arco iris Cuando la niña ya no pensaba en nada y habÃa perdido la noción del tiempo, su padre llegaba por fin, y Anna se levantaba para recibirlo como si él regresara de la tumba. HabÃa vendido su ternera lo más deprisa posible, pero aún tenÃa algunos negocios que hacer, y regresó con la niña al maremágnum de la feria.
Por fin dieron media vuelta y cruzaron la salida. Brangwen siempre iba saludando a alguien, siempre se paraba a intercambiar algún chismorreo sobre las tierras, el ganado, los caballos y otros asuntos que Anna no entendÃa, rodeada de porquerÃa y de olores, perdida entre las piernas y las botazas de los hombres. Y siempre oÃa la misma pregunta:
–¿De quién es la niña, entonces? No sabÃa que tuvieras una niña de esta edad.
–Es de mi mujer.
AsÃ, Anna tomó conciencia de que era una derivación de su madre, y al final también de su desarraigo.
Por fin se marcharon y fueron a una antigua casa de comidas, pequeña y oscura, en la puerta de Bridlesmith, donde tomaron sopa de rabo de toro y carne con patatas y col. Otros hombres, otras personas, entraban a comer en el local oscuro y abovedado. Anna lo miraba todo con los ojos muy abiertos, muda de asombro.