El arco iris
El arco iris –Buenos dÃas, Tom. ¿Es tuya? –dijo el granjero barbudo, señalando a Anna con la cabeza.
–Sà –contestó Brangwen con desdén.
–No sabÃa que tuvieras una chica tan mayor.
–No, es de mi mujer.
–¡Ah, claro! –Y el hombre miró a Anna como si fuera una ternerilla. Ella lo fulminó con sus ojos negros.
Brangwen dejó a la niña en la barraca, al cuidado del camarero, mientras iba a la subasta de los becerros. Ganaderos, carniceros, arrieros, hombres sucios y zafios de los que Anna se apartaba instintivamente, y se quedaba quieta en la silla, mirándose los pies. Entonces los hombres empezaban a beber y a desfogarse sin freno. Para Anna todo era grande y violento.
–¿De quién es esa niña? –preguntaban al camarero.
–De Tom Brangwen.
La niña se sentÃa abandonada y no apartaba los ojos de la puerta, deseando que volviera su padre. Su padre no llegaba. Entraban muchos, muchos hombres, pero ninguno era él, y Anna seguÃa sentada como una sombra. SabÃa que no podÃa llorar en un sitio como aquél. Todos los hombres la miraban con gesto interrogante y Anna cerraba los ojos. Una sensación de aislamiento, profunda y gélida, se apoderaba de ella. Su padre no volvÃa. Y ella seguÃa esperando, congelada, inmóvil.