El arco iris

El arco iris

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Pronto, Brangwen empezó a llevarla al mercado todas las semanas.

–Puedo ir, ¿verdad? –preguntaba la niña todos los sábados, o los jueves por la mañana, cuando él se ponía elegante, con su traje de hacendado señorial. Y a él se le nublaba el gesto cuando tenía que negárselo.

Por eso, Brangwen siempre terminaba por vencer sus recelos y la sentaba a su lado. Iban a Nottingham y paraban en El Cisne Negro. Hasta ahí todo iba bien. Después él quería dejarla en la hostería, pero al ver la cara que ponía Anna, sabía que era imposible. Entonces se armaba de valor y se iba a la feria de ganado con la niña de la mano.

Ella lo miraba todo, fascinada, revoloteando a su lado en silencio. Pero, cuando llegaban al mercado, Anna se asustaba al ver a tantos hombres juntos, con sus botas recias cubiertas de mugre y sus polainas de cuero. El suelo estaba repugnante, lleno de boñigas. Y le asustaba el ganado en los rediles, tantos cuernos amontonados en un recinto tan pequeño, y la locura de los hombres y los gritos de los arrieros. Además, se daba cuenta de que a su padre le daba apuro ir con ella, de que se sentía incómodo.

Brangwen le compró un pastelito en la barraca de los refrescos y la sentó en una silla. Un hombre lo saludó.


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