El arco iris
El arco iris Iba con su padre a la taberna, cuando él tenÃa que pasar por allÃ, y se sentaba a su lado en el salón, mientras Brangwen se tomaba su cerveza o su brandy. Las dueñas de la taberna la colmaban de atenciones, de esa manera servil que es propia de las patronas.
–Y bien, señorita, ¿cómo te llamas?
–Anna Brangwen –contestaba la niña al punto, con altanerÃa.
–¡No me digas! Y ¿te gusta ir en el carro con tu padre?
–Sà –decÃa Anna, algo huraña y aburrida por estas inanidades.
TenÃa una forma muy particular de despreciar las preguntas inanes de los adultos, como si dijera: «No te me acerques».
–¡Hay que ver cómo se las gasta, la pequeñina! –le decÃa la patrona a Brangwen.
–Sà –contestaba él, sin propiciar nuevos comentarios sobre la niña.
A esto seguÃa el ofrecimiento de una galleta o un pastelito, que Anna aceptaba como un derecho natural.
–¿Qué quiere decir cómo me las gasto? –preguntaba la niña después.
–Quiere decir que eres una pájara de mucho cuidado.
Anna dudaba. No lo entendÃa. Al momento se reÃa de cualquier cosa absurda que veÃa.