El arco iris

El arco iris

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Le encantaba ir con Brangwen en el carro. Sentada en el pescante y a toda velocidad, su pasión por destacar y dominar se veía satisfecha. Se comportaba con la arrogancia de un pequeño salvaje. Su padre le parecía un hombre importante, y ella iba a su lado, en lo alto del carro. Pasaban con brío a la altura de las copas de los arbustos en flor, supervisando la actividad de los campos. Cuando alguien los saludaba a voces, al pie del camino, y Brangwen devolvía el saludo con tono jovial, no tardaba en oírse la estridente vocecilla de la niña, seguida de su risa como un cloqueo, y entonces Anna miraba a su padre con los ojos chispeantes y los dos estallaban en carcajadas. Pronto se convirtió en costumbre que el caminante cantara: «¿Cómo estás, Tom? ¡Hola, señorita!». O: «¡Buenos días, Tom! ¡Buenos días, nena!». O también: «¡Estáis un poco chiflados, vosotros dos!». O: «¡Qué pinta tan rara tenéis!».

Anna respondía, con su padre: «¿Cómo estás, John? ¡Buenos días, William! Sí. Vamos a Derby», chillando con todas sus fuerzas. Aunque a veces en respuesta a un: «¡Estáis un poco chiflados, vosotros dos!», contestaba: «¡Sí que lo estamos!», y todos se reían. No le gustaba la gente que saludaba a Brangwen y se olvidaba de ella.



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