El arco iris

El arco iris

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La niña se convirtió en un personaje muy familiar en la feria de ganado, mientras esperaba a su padre en la cantina. Pero lo que más le gustaba de todo era ir a Derby, donde Brangwen tenía más amigos. Le gustaba el aire familiar de esta ciudad más pequeña, la proximidad del río, el ambiente desconocido que, al ser mucho más íntimo, no le inspiraba temor. Le gustaban el mercado de abastos y sus vendedoras ancianas. Le gustaba la Hostería de George, donde siempre paraba su padre. El dueño era un viejo amigo de Brangwen y trataba muy bien a la niña. Muchos días, Anna se sentaba en una salita muy acogedora a hablar con el patrón, el señor Wigginton, que era un hombre gordo y pelirrojo. Y, cuando todos los ganaderos se juntaban allí para comer, a las doce, se sentía como una pequeña heroína.

Al principio, se limitaba a bufar o mirar con rabia a aquellos hombres extraños, de habla tosca, pero todos eran muy joviales. La niña era una pequeña rareza, con su pelo rubio, ensortijado como el hilo de vidrio, que enmarcaba como una aureola de fuego su rostro comparable a la flor del manzano, y también sus ojos negros. A los hombres les gustaban las rarezas, Anna despertaba su interés.

Se enfadó mucho cuando Marriott, un ganadero de Ambergate, la llamó gatita polaca.

–Es que eres una gatita polaca –dijo.

–No lo soy –protestó ella.


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