El arco iris
El arco iris Los días transcurrían igual que antes. Brangwen se iba a hacer su trabajo, mientras Lydia cuidaba de su hijo y atendía algunas tareas de la granja. No pensaban el uno en el otro. ¿Para qué? Pero, cuando ella lo tocaba, él la reconocía al instante, sabía que estaba con él, a su lado, que era la puerta de entrada y la salida, que se encontraba más allá, y que él había emprendido un viaje al más allá a través de ella. ¿Adónde? ¿Qué más daba? Brangwen siempre respondía. Cuando Lydia llamaba, él respondía y cuando él pedía algo, ella respondía de inmediato, o a la larga.
El espíritu de Anna encontró la paz junto a sus padres. Los miraba y, al verlos tranquilos, se sentía segura y libre. Jugaba con confianza entre el pilar de fuego y el pilar de nubes, sintiendo la seguridad a su derecha y la seguridad a su izquierda. Ya no se sentía obligada a sostener con su poder infantil el extremo del arco roto. Su padre y su madre se encontraban ahora en la inmensidad de los cielos, y ella, la niña, era libre de jugar en el espacio inferior, intermedio.