El arco iris

El arco iris

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Y, en lo más hondo de su ser, la sensación sutil del Gran Absoluto en el que residía su existencia era muy poderosa. El dogma inglés nunca caló en su espíritu: el idioma era completamente extraño para ella. En todas estas cosas detectaba al gran Separador que sostenía la vida en Sus manos, refulgente, inminente, aterrador, el Gran Misterio, completamente inefable.

Lydia brillaba y refulgía en presencia del Misterio, a Quien conocía con todos sus sentidos, resplandecía ante extrañas supersticiones místicas que jamás encontraban la manera de expresarse en la lengua inglesa, jamás alcanzaban el pensamiento en inglés. Pero así vivía ella, inmersa en unas creencias poderosas y sensuales que abarcaban a su familia y delimitaban su destino.

A esto había reducido Lydia a su marido. Brangwen existía con ella completamente ajeno a los valores genéricos del mundo. Las costumbres de Lydia, incluso la línea de sus cejas, eran para él símbolos y señales. Aquí, en la granja, con ella, Brangwen vivía el misterio de la vida, de la muerte y de la creación, extraños y profundos momentos de éxtasis y satisfacciones imposibles de comunicar, de las que el resto del mundo nada sabía; y esto los convertía a los dos en seres aparte, respetados en el pueblecito inglés, porque además tenían una buena posición económica.


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