El arco iris
El arco iris Fueron muchas las maneras de huir que Anna intentó. Empezó a ir a la iglesia asiduamente. Pero el lenguaje de la iglesia no tenía ningún significado para ella: parecía falso. Aborrecía que las cosas tuvieran que expresarse, formularse con palabras. Aunque albergaba sentimientos religiosos, éstos eran apasionados y cambiantes. En labios del sacerdote, todo sonaba falso, indecente. Intentaba leer. Y una vez más, el tedio y la sensación de falsedad de la palabra la disuadían. Se iba a pasar unos días con las amigas. Al principio, le parecía fabuloso, pero pronto la invadía el aburrimiento interior, y todo le parecía pura nada. Además, siempre se sentía empequeñecida, como si nunca, nunca, consiguiera alcanzar su propia estatura y seguir el ritmo de su zancada.
Sus pensamientos regresaban con frecuencia a la cámara de tortura de cierto obispo de Francia, donde la víctima no podía ni ponerse en pie ni estirarse, jamás. No es que viera ninguna relación entre su vida y esta cámara, pero a menudo pensaba con asombro en cómo se había construido esa celda, y sentía el horror de la falta de espacio como si fuera real.